El viaje de regreso a la mansión de Liam fue un contraste total con el tenso trayecto de ida. Elías se recostó en su asiento, sintiendo el abrazo de la noche mientras la ciudad pasaba a toda velocidad. La mano de Liam estaba firmemente entrelazada con la suya, una presencia constante y tranquilizadora. La cena, que Elías había temido tanto, se había resuelto de la manera más inesperada. Su padre, el hombre de hielo que siempre había sido, había aceptado a Liam. Elías se sentía, por primera vez,