35. Línea difusa
El frío de la noche me golpeó la cara en el segundo en que los focos de las camionetas me cegaron por completo. Estaba en medio del jardín, con el cañón de al menos tres armas apuntando directamente a mi pecho, rodeada por los hombres de Kedar que esperaban una orden para actuar. Me sentía como una delincuente. Y por más que intenté explicarles a estos hombres que yo era dueña de esta casa también, no quisieron escucharme.
Cerré los ojos, dejando salir un suspiro completamente agotada. Solo uno