Mundo ficciónIniciar sesiónTres años después.
El auditorio está repleto de familia, amigos, visitantes, docentes, y un sin número de fotógrafos. El ambiente alrededor es de alegría y orgullo. Hoy es la ceremonia de imposición de batas blancas en la universidad, y cada familia presente hace alarde del simbólico evento. Estamos todos mis compañeros y yo, sentados en primera fila esperando que el rector decida dar sus palabras más elaboradas.
Mi expresión algo vacía, llama la atención de mi madre que me observa como un halcón, pero la ignoro. No quiero ni necesito que esté aquí. Ella debe estar muy orgullosa al igual que mi abuelo. Ambos fueron muy enfáticos en la carrera que debía estudiar. Odio profundamente la medicina, pero ellos necesitan un doctor en la familia, y mi hermana mayor se impuso sobre esa voluntad, así que yo soy su última opción. No pude negarme.
Había traído suficiente vergüenza a la familia, por lo que es mi salida para redimirme frente a ellos, aun cuando no es mi culpa los errores del pasado.
—Alina, ¿ya viste como te mira William? —Cuchicheó mi amiga, Samara— Desde que nos sentamos aquí no te quita el ojo de encima. Es demasiado obvio— Añadió con una sonrisa.
—Por favor, no me hables ahora— Susurró temiendo que mi abuelo o mi mamá noten algo—Aparta la mirada de él, Samara.
—¿Por qué no sales con él? Ha estado detrás de ti desde primer semestre.
—No quiero.
—Nunca quieres salir con nadie. Eres muy rara. Es más, creo que no te gustan los hombres.
—Samara, no quiero salir con nadie no porque no me gusten los hombres, sino porque si quiero graduarme como médico necesito estudiar el triple ya que no me gusta lo que hago— Replicó.
—Oye, relájate—Murmuró con cariño—Sé lo difícil que es para ti estar aquí, pero debes vivir tu propia vida, Alina. Tu familia no puede obligarte siempre hacer su voluntad. Te la pasas encerrada en el dormitorio, no tienes amigos, lloras cada vez que un chico te coquetea, y en ocasiones no quieres ni siquiera comer. Me preocupo por ti.
—Gracias, Samara, pero estoy metida en esto hasta que me muera—Respondí con amargura.
Los aplausos resonaron entre el bullicio anunciando el inicio de la ceremonia. Era un gran momento para quienes estaban aquí por voluntad propia, sin embargo, para mí, era un paso más hacia mi cárcel. Sé que el abuelo anda en negocios ilícitos. He visto que cosas extrañas pasan detrás de la casa, en un lugar apartado y escondido que tienen allí, pero no mencioné nada al respecto por temor a él. Era demasiado aterrador hablar sobre partes de lo que parecía cuerpos humanos guardados allí, así que hice como si nada estuviese pasando y continué fingiendo.
En el momento en que escuché mi nombre. Subí al estrado a recibir mi bata blanca. Mi mamá y el abuelo se acercaron junto con su fotógrafo personal, llamando la atención de todos alrededor. Todo en su apariencia gritaba dinero. Zapatos caros, reloj de marca, vestidos elaborados y finos. La gente se quedaba mirándome más tiempo del que me gustaría, pero me concentré en sonreír. La familia está aquí, y era hora de jugar a ser la niña buena.
—Alina, te luce el blanco. No puedo esperar para verte en tu mejor traje mientras trabajas en la clínica de tu abuelo— Dijo mi mamá muy sonriente.
—No sabía que tenemos una clínica, pero gracias por el cumplido, mamá— Respondí en tono altanero, y ella apartó la mirada, apretando su mandíbula con fuerza.
Casi reí emocionada al verla perder un poco su aparente estado perfecto, pero mi abuelo dio un paso al frente, y me tomó de la mano, cortando con el incomodo momento.
—Hija, felicitaciones. Falta muy poco para que seas toda una doctora.
—Gracias, abuelo.
—¿Estás feliz? — Preguntó mirándome fijamente.
Mi estado de ánimo decayó inmediatamente. Intenté contestar, pero mi garganta se cerró y mi corazón comenzó a latir desbocado. Los ojos negros de mi abuelo parecen inspeccionar cada expresión de mi rostro, y cuando lo vi levantar su mano hacia mi mejilla, me estremecí de pies a cabeza, temiendo lo peor.
—Alina, eres consciente que haces esto por la familia, ¿cierto? Eres mi nieta, te amo. Tú y tus hermanos son todo lo que me queda después que asesinaran a tu padre. Tus dos hermanos están lejos de nosotros, y temo que no volveré a verlos antes de morir. Solo quiero que te conviertas en la mujer fuerte y valiosa que sé que eres. No me defraudes, hija—
Dejé salir una pequeña sonrisa con la esperanza que ese gesto fuese suficiente para que se vayan y me dejen en paz.
—Bien. ¿Qué les parece si vamos a casa? Mandé a preparar un delicioso manjar para celebrar tus logros, Alina—Anunció mi madre con su sonrisa superficial.
Estaba a punto de responder, cuando apareció frente a nosotros Samara acompañada de mi nuestro amigo, William. Pánico se instaló en mi estómago, e intenté transmitirlo con una mirada, pero ella me ignoró y decidió dar un paso hacia el abuelo.
—Hola, buenas noches— Saludó ella muy sonriente— Soy Samara, amiga cercana de Alina, y este es nuestro amigo William.
—Muy buenas noches. Un placer conocerlos—Intervino William, algo nervioso.
Mi madre le dio un repaso de pies a cabeza, e inmediatamente fijó sus ojos fríos y calculadores sobre mí. Sé lo que esta imaginando, y mi cuerpo comenzó a temblar involuntariamente, imaginando lo peor.
—Buenas noches, muchachos—Contestó mi abuelo educadamente—Soy Roberto, el abuelo de esta hermosa joven, y aquí, Alicia, madre de Alina. Qué bueno saludar a los amigos de mi nieta.
William sonrió alegre, extendiendo su mano.
—Es un placer conocerlos. Soy William Levinson, y conozco Alina desde hace mucho. Es una mujer muy inteligente. Tomamos la misma clase de fisiología.
—Así que se conocen desde hace mucho tiempo— Comentó, Alicia con altivez— Cuéntame, William. ¿Acaso te gusta mi hija? ¿Por qué te acercas a nosotros así nada más?
Samara tosió incomoda, murmurando un "perra" casi imperceptible.
—Oh, señora. No quise incomodar, lo lamento— Se disculpó William mirándome —Alina es una buena amiga, y solo intenté ser educado.
—¿No te gusta mi hija entonces?
—Mamá, por favor.
—Cállate, Alina— Espetó ella—Tu amigo está hablando. Es de mala educación interrumpir a las personas cuando hablan. Responde la pregunta, William. ¿Te gusta o no mi hija?
Cerré los ojos, suplicando al cielo que no se le ocurriese contestar, pero antes de siguiera implorar una oración, William abrió la boca.
—Señor, señora. Quise venir y presentarme formalmente porque Alina es una mujer muy hermosa. Ella me gusta mucho, pero sé del respeto que les tiene. Por eso estoy aquí. Espero que no les moleste que pretenda a su hija. Quiero intentarlo con ella, si ustedes están de acuerdo.
Silencio reinó entre nosotros. Los ojos de Samara iban de un lado al otro, y William parecía querer orinarse encima. Estaba a punto intervenir, cuando mi abuelo dio un paso hacia William. Puso una mano en su hombro, y dijo muy calmadamente.
—Muchacho, ¿qué te parece si vienes a cenar con nosotros?
William sonrió con entusiasmo, asintiendo.
—Por supuesto que sí. Muchas gracias por la invitación, señor.
Unas horas después de llegar a casa, entré a mi habitación para cambiarme con el ánimo por los suelos. Ya sabía lo que me esperaba. Ella no se irá hasta que no obtuviese lo que siempre la hacía feliz. Descargar su ira y frustración conmigo.
Me quité los zapatos, la bata, y respiré profundo antes de sentir el ruido sordo de la puerta chocar. Estaba de espaldas a la puerta, y conté mentalmente para la explosión inminente.
Uno…dos…tres…cuatro…
—Estás acostándote con él, ¿cierto? — Preguntó con la respiración acelerada.
—No, señora—Susurré con los ojos cerrados.
—Claro que están teniendo sexo. Siempre has sido una zorra, Alina. Buscas la manera de llamar la atención de los hombres y por eso no estudias con más ahínco.
—Soy la mejor de la clase.
—¡Cierra la boca! — Gritó— No hables hasta que yo te lo ordene. Seguramente ya te acostaste con muchos, y por eso ese miserable cree que puede presentarse ante nosotros. Las putas como tú les encantan jugar a ser niñas recatadas. No olvides lo que hiciste antes, Alina. Si me entero que estás embarazada de algún muerto de hambre, te voy a despellejar junto con tu pequeño demonio. ¡¿Entiendes lo que digo?!
Dos lágrimas se derramaron por mis mejillas, el dolor de sus palabras matando la poca alegría que quedaba dentro de mí.
—Sí, señora— Respondí entrecortado— Entendido.
—Ahora, acuéstate en la cama. Quiero ver si me estás diciendo la verdad. Quítate la ropa y abre las piernas.
Me estremecí de pies a cabeza, y me giré enfrentando su mirada tenebrosa.
—¿Qué? —
—¿Estás sorda? Te dije que quiero revisar que no dices mentiras. Abre las piernas para que pueda ver por mis propios medios que no estás teniendo sexo por ahí como una mujerzuela.
—Mamá, no…—
Antes que pudiese reaccionar, la tuve sobre mí quitándome la ropa con brusquedad. Comencé a resistirme, pero recibí una cachetada que me dejó sin aliento.
—¡Quítate la maldita ropa, Alina!
—¡No! — Grité con fuerza, huyendo de su agarre— ¡Ya no soy una niña, mamá! No vas desnudarme. Te juro que, si lo haces, no respondo de mí.
—¿Me estás amenazando, maldita? ¿Quién demonios crees que eres para amenazarme? ¡Soy tu madre! ¡Me debes respeto!
—¡No eres nada mío! ¡Una madre no lastima a sus hijos! — Exclamé entre lágrimas—Una madre cuida, ama, protege. Tú eres un ser despreciable que no puede aceptar que viene de una familia podrida. ¡Nunca has sido una madre para mí!
—Perra desagradecida— Masculló mirándome con odio—La vida que tienes es gracias a mí, estúpida.
Di un paso al frente con la respiración rápida, y hablé con tanta rabia que dejé salir todo lo que había estado callando.
—¡No necesito ni quiero tu dinero! Eres mala, y cruel. Cuando te conté que lo que tu hermano me hizo me golpeaste como si yo fuese culpable. ¡Hiciste que durmiera en el suelo rodeada de mi propia sangre para probar que eres mejor que yo! ¡Quedé embarazada dos veces frente a tus malditas narices y nunca me protegiste! Tú no eres mi madre, eres mi verdugo. Te odio, te odio, madre, y cuando sea el momento, voy a librarme de ti, no sin antes hacerte pagar por cada una de estas lágrimas.
El golpe en la mejilla fue rápido y muy doloroso. Seguidamente me tumbó con fuerza en la cama y comenzó a darme puñetazos en la espalda. No emití ningún sonido, si lo hacía, era peor. Sus puños lastimaban mi espina dorsal, pero lo soporté todo como siempre. Cuando se detuvo, volví la mirada hacia ella, enfrentando su expresión sombría.
—Ya puedes dejarme sola. Madre.
—Me obligas hacer esto, Alina. Y no me importa si me odias, al fin y al cabo, sigo siendo tu madre. Tengo que ir abajo, tu querido novio nos espera. Por favor, viste ropa decente, y utiliza esa bata blanca. Tenemos una sorpresa para ti.







