32. El dolor del pasado
Llegar a la mansión se sintió como ir directamente a la plaza principal del pueblo, donde la multitud aguardaba en silencio y la guillotina esperaba por mí, reluciente y afilada, bajo la luz de la luna. Solo me faltaba subir los escalones para ofrecer mi cuello.
Había por lo menos veinte hombres rodeando la propiedad y no pude evitar fruncir el ceño, extrañada ante tanto despliegue de seguridad. Antón rodeó el auto para abrirme la puerta, completamente ajeno a mi expresión perturbada. Me obligu