Luego de que el oficial apostado fuera de la habitación de Oliver la autorizara, Isabella entró a visitarlo.
Acercó una silla y, sentada donde terminaba la camilla, miró al que había sido su esposo por casi quince años y a quien había resultado no conocer en lo absoluto.
Se lo habían cambiado en el camino o había estado ciega desde el inicio.
—No me mires así —exigió él, que prefería mirar hacia el techo.
Era la vergüenza la que no lo dejaba verla a los ojos. Del imponente y orgulloso Oliver C