Qué vacía volvía a sentirse la casa sin Matilde, demasiado grande y silenciosa. Sin nada que hacer, salvo ayudar a Mary en algunas tareas domésticas, el día de Isabella se le hacía eterno.
No la habían dejado hablar con Matilde y Rodríguez tampoco había querido decirles la identidad de quien le pagaba sus jugosos honorarios, pero ya había puesto en antecedente a Tobar sobre Solomon Herbert.
—¿Ha podido hablar con Matilde? —le preguntó al detective.
—No, la psicóloga de servicios infantiles no lo