Nunca vio Isabella una expresión tan furiosa como la que su esposo tenía. Decir que estaba ofuscado era poco y, pese a que él la interrogaba, el desprecio en sus ojos decía a gritos que ya la había juzgado y encontrado culpable.
—¡Contesta! ¡¿Dónde estabas?!
—Buscando a nuestra hija.
—¡Vestida así! ¿Me quieres ver la cara?
—Piensa lo que quieras —intentó pasarle por el lado, él la cogió del brazo.
—No irás a ninguna parte sin darme una explicación. ¿Para quién te vestiste como una puta?
—No me