—Escúchenme bien —mi voz bajó, grave, con esa tonalidad que hacía que cualquiera se pusiera firme—. Por el bien de esa maldita sirvienta, más le vale que esté escondida por miedo. Porque si descubro que tuvo algo que ver con esto... lo va a pagar con cada maldito hueso de su cuerpo.
Los guardias asintieron de inmediato, visiblemente nerviosos, antes de salir apresurados por el pasillo.
Pero no había t