—¿Y tú a dónde crees que vas? —pregunté con una sonrisa, cruzando los brazos.
Se sobresaltó al verme y giró lentamente, como si el peso de la escena que acababa de presenciar cayera sobre sus hombros.
—Madre… —comenzó, con ese tono que usaba cuando intentaba sonar mayor—. Intenté decirles que los dejaran dormir tranquilos al menos esta noche, pero… bueno, no me hicieron caso —suspiró resignado—. Como siempre.
Solté una risa suave, enternecida por su esfuerzo.
—Azalen, cariño… está bien.