Negué con la cabeza una y otra vez, incapaz de aceptar lo que mis oídos acababan de escuchar.
No, no podía ser real. No podía decirme eso. Pero antes de que lograra pronunciar palabra, ella me silenció con una firmeza que cortó el aire entre nosotras.
—Aylen, debes irte. No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy ordenando.
Su voz cambió. Ya no era la voz cálida que conocía, ni la de la mujer que me había amado con ternura y pacie