—¿Estás dormido? —susurré, apoyando mi mejilla sobre su pecho y dejando que el ritmo pausado de su respiración me arrullara.
Su corazón latía con firmeza bajo mi oído, como un metrónomo que marcaba la calma que mi cuerpo necesitaba. Era casi hipnótico; cada latido me llevaba un poco más cerca del sueño, aunque mi mente insistiera en quedarse despierta.
—No… pero casi —respondió con voz baja, un murmullo que parecía fundirse con la oscuridad