Con una reverencia profunda, el príncipe tomó la espada con ambas manos.
Su postura era impecable, cargada de una solemnidad que rara vez se le veía. Luego, se arrodilló sobre una rodilla y levantó el arma, ofreciéndola como si entregara su propio destino junto con ella.
El gran salón se sumió en un silencio absoluto. Nadie se atrevió a respirar.
Uriel permanecía quieto, pero la tensión en su mandíbula traicionaba su furia contenida. Sus ojos