Las personas parecían felices, al menos en apariencia.
Una atmósfera de júbilo —o algo que pretendía serlo— llenaba el lugar, donde la luz del sol se filtraba y proyectaba sombras sobre los muros dorados. El aire vibraba con el eco de la música, con los murmullos de cientos de voces mezclándose en una melodía disonante. Todo brillaba, todo resplandecía... y sin embargo, bajo ese esplendor, se respiraba tensión.
Era una alegría forzada. Una celebración const