—¿Aún están enojados conmigo? —pregunté con un hilo de voz, buscando sus miradas con ansiedad.
El silencio que siguió fue más cruel que cualquier palabra.
Desde la última reunión, Nora y Nuriel apenas me dirigían la palabra más allá de lo estrictamente necesario. No hacía falta discutirlo otra vez: su desaprobación seguía ahí, latente, respirando entre nosotros como una sombra silenciosa.
Ambos estaban en contra de que yo acompañara a Za