—Esa no era ella —dijo, con una certeza tan rotunda que me dejó sin aire.
Lo miré, desconcertada. Mi corazón, que llevaba días encerrado en una jaula de angustia, dio un salto, como si despertara de un sueño largo y oscuro.
¿Eso significaba que…?
—¿En serio? —pregunté, con la voz quebrada entre el miedo de creer y la necesidad de hacerlo.
Él asintió sin apartar la mirada. Y en ese instante, todo cambió.
—¡Po