Capítulo sesenta

El silencio flotó entre ambos por unos escasos segundos, mismos en los que Ares sintió que no solo su corazón regresaba a un ritmo normal, sino también parecía que su alma había regresado a él, aunque su respiración era un poco dificultosa, algo que nuevamente preocupó a Pilar, quien llevó su mano sobre su pecho, tratando de saber si Ares estaba hiperventilando, o sí estaba sufriendo algún infarto.

—Ares…

Lo llamo con la suavidad con la que se despertaría un recién nacido, sin embargo, el magnate lo único que hizo fue posar una de sus manos sobre la que Pilar tenía descansando sobre su pecho.

—No debes de temer, no es necesario que jures permanecer a mi lado, yo jamás alejaré a Caleb de tú lado amor, no tienes que sentirte obligada, juró darte toda mi fortuna, ni tú, ni él jamás estarán desamparados, pero por favor, no creas, que por el solo hecho de ser el padre de Caleb, trataré de obligarte a…

Cada palabra era un puñal que él mismo se estaba enterrando, pero eso era el amor,¿ verda
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