Capítulo Setenta y tres

Ares medito por un segundo aquello que siempre lo había refrenado de convertirse en un asesino, de demostrar que en él también había sangre Ángel, porque en verdad tenía ganas de abrir de una vez por todas sus alas y matar a ese imbécil que se pavoneaba enfrente de Pilar buscando amedrentarla, no pensaba permitirlo y aun así la promesa que de joven le había hecho a Mateo pesaba en su conciencia, porque pudiese ser que el arquitecto de fama mundial reconociera a los seis hijos de Elizabeth como
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Lucia Cabanaque se le caiga la lengua antes de hacer más maldad ese engendro,las manos también
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