Cinco días.
Eso fue todo lo que necesitó la justicia para hacer caer el telón sobre Daniel Duarte.
Cinco días en los que, ante los ojos de la ciudad entera, el hombre que una vez se presentó como heredero de una de las familias más respetadas, terminó reducido a lo que siempre había sido, un niño asustado atrapado en el cuerpo de un adulto.
Desde el primer día de juicio, quedó claro que la palabra “patético” era la que mejor acompañaba su nombre, la alta sociedad, los periodistas, los curiosos