Daniel se estaba desmoronando.
No dormía, no comía, no razonaba, solo repetía lo mismo una y otra vez, como un niño perdido en medio de una multitud.
—Quiero ver a mi mamá… Necesito ver a mi mamá… —sus manos temblaban, crispadas sobre la mesa metálica de la sala de visitas. — ¡Tráiganla! ¡Díganle que venga! ¡Ella sabe qué hacer, siempre sabe qué hacer!
Los abogados intercambiaron una mirada rápida, cansada, porque ya habían tenido esta conversación demasiadas veces.
—Señor Duarte, por favor. —i