La puerta de la sala de reuniones aún vibraba levemente cuando Baltazar y Pilar desaparecieron por el pasillo, el murmullo contenido de los arquitectos se desató apenas quedaron solos con Daniel Duarte, quien permaneció de pie unos segundos, inmóvil, con la mirada fija en el marco de la puerta por donde se habían ido. Sus labios se curvaron en apenas un gesto que no era sonrisa, ni mueca, sino algo más frío, más calculado, algo que le serviría para ganarse el favor de todos, o al menos para pon