Las manos de Marta temblaban de manera incontrolable, los nervios la atenazaban hasta el punto de sentir que el aire le faltaba. Su mente, presa del pánico, apenas podía hilar pensamientos lógicos, pero siempre regresaba al mismo lugar, el último edificio en construcción de su desaparecido esposo, esa estructura que inacabada donde todos vieron por última vez, tanto a Darío como a su joven secretaria.
Allí, entre los cimientos apenas levantados, Daniel había confesado a la policía que se encaró