Marta veía a Daniel y no podía creer que aquel hombre fuese su hijo, ese que nunca le llevó la contraria en nada, al que ella se había encargado de moldear desde que era un niño.
Ahora, frente a ella, la figura de Daniel era otra, toda la docilidad y fragilidad que siempre lo caracterizaron habían desaparecido y fuesen, sustituidas por una furia desbordada y una desolación que se le escapaban por cada gesto, por cada palabra que pronunciaba, solo resaltaba aún mas lo furioso y frustrado que estaba.
El rostro de Clara, pálido como el mármol, evidenciaba que la tensión era insoportable; su mano seguía sangrando, y lo único que había conseguido de Daniel, completamente ajeno a su sufrimiento, fue un paño de cocina lanzado sin empatía alguna.
El ambiente se cargó de un silencio espeso, interrumpido de repente por el grito ronco de Daniel, tan lleno de desesperación que estremeció a todos en la habitación.
—¡Me dirán en este momento?, ¡qué fue lo que hicieron, y quiero la verdad!
Rugió, pe