La señora Moretti deja al bebé con una delicadeza y con el temblor de sus manos.
Lo acomoda en la cama como si temiera romperlo, como si incluso el colchón pudiera lastimarlo.
Yo me quedo de pie junto a la cama, mirando al pequeño.
Está dormido.
Tan tranquilo… tan ajeno a todo lo que está pasando alrededor.
Me acerco despacio, como si el silencio fuera algo sagrado que no debo romper.
Extiendo la mano y tomo una de sus manitas diminutas entre mis dedos.
Es suave.
Caliente.
Delicada.