Territorio de guerra
El chirrido de los neumáticos sobre la grava fina de la entrada anunció la llegada del segundo vehículo. Leonor bajó del auto con una rigidez que no era solo física; su mente trabajaba a mil revoluciones por minuto. Justo detrás, Flor descendió con la elegancia de quien camina por una pasarela, aunque sus ojos buscaban una sola cosa: a Alexander.
Él ya estaba junto a su propio auto, ajustándose el saco oscuro, listo para huir de la asfixia emocional que representaba Elena.