El pasillo está en silencio, roto apenas por el eco lejano del ascensor. Giorgia no quita los ojos de Chase, que sigue recargado contra la pared junto a su puerta. La incomodidad se mezcla con una curiosidad forzada, mientras aprieta las llaves en su mano.
—¿Chase, qué haces aquí? —pregunta finalmente, con voz firme, aunque por dentro la duda la carcome.
Chase baja la mirada un instante y luego la fija en ella, con un gesto que parece sincero.
—Vine a disculparme, Giorgia. Por todo lo que es