El sol de la mañana se filtra suavemente por las cortinas del hospital. En la habitación reina un silencio sereno, apenas interrumpido por el leve resoplido del recién nacido en la cuna junto a la cama. Giorgia abre lentamente los ojos, agotada pero en paz, y lo primero que ve es a Julian, dormido en una silla a su lado, la cabeza ladeada, un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente.
Ella sonríe débilmente. Nunca lo había visto tan vulnerable y a la vez tan protector. Vuelve la vista