La mañana avanza, pero Giorgia siente que el reloj se ha detenido para ella. Su corazón late con ansiedad mientras conduce hacia el hotel donde Chase le dijo que se alojaría. El tráfico parece interminable, y cada semáforo en rojo es una tortura. Apenas logra aparcar, entra casi corriendo, el bolso apretado contra su costado.
—Buenos días —saluda con voz entrecortada a la recepcionista—. Estoy buscando al señor Chase Don, ¿puede confirmar si está hospedado aquí?
La mujer revisa la computadora