Luciano había pedido desayuno. Gabriele sonreía mientras cortaba en dos un croissant y se lo ofrecía.
—Estás domado —bromeó, mientras se llevaba un pedazo a la boca.
—Solo contigo —respondió Luciano, dejando un beso en su frente.
El ambiente era ideal. Hasta que el teléfono de Gabriele sonó. Él lo miró, y su rostro se tensó al ver el nombre en pantalla: Mamá.
Luciano miro hacia el celular, pero no dijo nada.
—Espera un segundo —murmuró Gabriele, contestando la llamada.
—Hola, mamá.
—¿Dónde estás