El restaurante tenía un estilo elegante, con luces cálidas que acentuaban el rojo profundo del vino y el brillo dorado de los cubiertos. Gabriele cruzó la puerta, llevaba una camisa de lino perfectamente entallada con el cuello abierto, justo lo suficiente para sugerir confianza. Su cabello, cuidadosamente peinado, y un leve aroma a vainilla y lavanda que lo envolvían. Atrajó más de una mirada, pero él solo buscaba una, y la encontró enseguida.
Luciano estaba en una mesa junto al ventanal, con