Gabriele se acercó a su maleta y comenzó a empacar; cada prenda, cada libro, cada objeto parecía pesar toneladas entre sus dedos. Su madre lo ayudaba sin hacer ruido, quería respetar su espacio, sabía que su hijo no quería viajar, pero de repente había tomado la decisión de regresar a Roma. Era extraño, sí, pero en el fondo estaba feliz, porque sabía que era lo mejor para Gabriele. Cuando la maleta estuvo cerrada, Gabriele se quedó de pie junto a la cama, sin saber si de verdad podría dar ese