Gabriele estaba sentado frente a su caballete, pero su mente no estaba en la pintura. Sus pinceles danzaban sin rumbo sobre el lienzo, como si sus manos continuaran trabajando por inercia, mientras sus pensamientos volvían una y otra vez a Luciano. No solo se sentía desolado, sino fragmentado, como si cada frase dicha aquella noche lo hubiera deshecho en cientos de partes.
Había regresado a la academia de arte, buscando en el estudio algo que lo distrajera de lo que estaba experimentando. Había