CAPITULO 44

El invierno había regresado a Maine con una ferocidad que parecía personal, como si el clima mismo estuviera respondiendo a la agitación política que dejamos atrás en Ginebra, me encontraba en la Sala de Guerra de la Academia, una estancia que antes era el solárium de la mansión y que ahora se había transformado en el nexo táctico de la Red de Vida. Las paredes de cristal reforzado estaban cubiertas por una fina capa de escarcha que los calefactores apenas lograban disolver, creando un efecto de luz difusa que suavizaba los bordes de las pantallas holográficas que flotaban en el centro de la habitación.

​Llevaba puesto un conjunto táctico de lana merino negra y una chaqueta técnica de color grafito, con refuerzos de kevlar sutiles en los hombros. Mis manos, siempre inquietas, jugaban con una pequeña esfera de cuarzo que servía como llave de acceso manual a los servidores de la Red. El mechón blanco en mi sien no dejaba de emitir un hormigueo constante; era la fricción de la red abiert
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