El aire de Ginebra siempre ha tenido un sabor a metal y a protocolo rancio, pero esta vez se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Me encontraba en la antecámara del Gran Consejo Mundial, un espacio de techos infinitos revestidos de mármol blanco y paneles de madera de nogal que absorbían cualquier sonido, excepto el latido apresurado de mi propio corazón.
Llevaba puesto un conjunto que Alexander llamaba mi armadura diplomática: un traje sastre de tres piezas en color gris ceniza, con una chaqueta de hombreras marcadas y un pantalón de caída perfecta que ocultaba mis botas de combate reforzadas. Bajo la chaqueta, una camisa de seda blanca cerrada hasta el cuello con un broche de obsidiana, el último regalo que Elias me dejó antes de fundirse con el Ártico. Mi cabello estaba recogido en un moño tirante, dejando que el mechón blanco en mi sien brillara con una luz pálida, casi desafiante, no era una científica hoy; era el rostro de