El aire de Ginebra siempre ha tenido un sabor a metal y a protocolo rancio, pero esta vez se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Me encontraba en la antecámara del Gran Consejo Mundial, un espacio de techos infinitos revestidos de mármol blanco y paneles de madera de nogal que absorbían cualquier sonido, excepto el latido apresurado de mi propio corazón.
Llevaba puesto un conjunto que Alexander llamaba mi armadura diplomática: un traje s