El amanecer sobre el Amazonas tenía un color distinto al de Maine; era un naranja violento, una herida de luz que se abría paso entre el dosel de vapor. Me encontraba en la cubierta de observación del Aurora, un aerodeslizador de carga pesada que funcionaba como nuestro centro de mando móvil. El aire acondicionado apenas lograba combatir el calor sofocante de la selva, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma eléctrico de los servidores que zumbaban a mi espalda.
Llevaba puesto un traje de expedición de color arena, hecho de una fibra inteligente que repelía el sudor y se endurecía ante cualquier impacto, mis botas estaban cubiertas de un polvo blanquecino, residuo de la manipulación de los cristales de cuarzo primario. En mi cintura, colgaba un kit de herramientas de precisión y un comunicador táctico. El mechón blanco de mi sien parecía vibrar en sintonía con la estática de la selva, una sensación que se había vuelto casi reconfortante desde que Leo nos reveló la verdader