El amanecer sobre el Amazonas tenía un color distinto al de Maine; era un naranja violento, una herida de luz que se abría paso entre el dosel de vapor. Me encontraba en la cubierta de observación del Aurora, un aerodeslizador de carga pesada que funcionaba como nuestro centro de mando móvil. El aire acondicionado apenas lograba combatir el calor sofocante de la selva, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma eléctrico de los servidores que zumbaban a mi espalda.
Llevaba puesto un tr