CAPITULO 41

El aire en la costa de Maine tiene una cualidad particular tras una tormenta: se siente tan limpio que casi duele respirar. Me encontraba en mi estudio personal, una habitación circular situada en la torre más alta de la Academia, donde las paredes no eran de piedra, sino de un cristal reforzado que permitía una vista de trescientos sesenta grados del Atlántico.

​Ese día había decidido vestirme con algo que me recordara quién era yo más allá de los títulos, llevaba unos pantalones de lino color arena y una túnica de seda cruda, teñida a mano con extractos de índigo que le daban un tono azul profundo, casi como el océano a medianoche. En mi cuello, colgaba una pequeña pieza de cuarzo transparente, un fragmento del núcleo que no fue contaminado, montado en un cordón de cuero sencillo. Mis pies estaban descalzos sobre la alfombra de lana tejida que Alexander me trajo de uno de sus viajes de paz a las montañas de Asia. El mechón blanco de mi sien, ya una parte inseparable de mi identidad,
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