Veinte años.
Es extraño cómo el tiempo puede ser, a la vez, un suspiro y una eternidad. Hoy, frente al espejo de mi habitación en la Academia, no veo a la mujer que temblaba en los laboratorios de Luna Corp, ni a la guerrera que se desintegraba en el Amazonas, veo una historia escrita en la piel. Mi cabello, ahora de un gris acero elegante, conserva ese mechón blanco puro que cae sobre mi sien derecha como una marca de nacimiento ganada en combate.
Llevaba puesto un vestido de seda salvaje en color azul medianoche, de corte asimétrico y cuello alto, que dejaba al descubierto mis brazos, me coloqué un broche de plata en forma de fénix, el símbolo que Aiden y Selene diseñaron para nuestra nueva era, el aire en la habitación era fresco, cargado con el aroma de los pinos de Maine y el perfume de las peonías que Alexander siempre se encargaba de que estuvieran frescas en mi tocador.
—Te ves como la reina de un mundo que juraste no gobernar —dijo una voz desde la puerta.
Me giré y sonreí