Veinte años.
Es extraño cómo el tiempo puede ser, a la vez, un suspiro y una eternidad. Hoy, frente al espejo de mi habitación en la Academia, no veo a la mujer que temblaba en los laboratorios de Luna Corp, ni a la guerrera que se desintegraba en el Amazonas, veo una historia escrita en la piel. Mi cabello, ahora de un gris acero elegante, conserva ese mechón blanco puro que cae sobre mi sien derecha como una marca de nacimiento ganada en combate.
Llevaba puesto un vestido de seda salvaje en