CAPITULO 39

El Amazonas no te recibe; te devora, El aire era tan denso y húmedo que se sentía como una segunda piel, una que intentaba asfixiarme a cada paso, Habían pasado años desde que estuve en esta parte de la selva para destruir la torre de obsidiana, pero la vegetación tiene una memoria agresiva. Los árboles habían reclamado las cicatrices de la guerra, cubriéndolo todo con un manto de verde esmeralda y sombras movedizas que parecían observarnos con una inteligencia antigua.

​Me encontraba en la rampa de descenso del Delfín, ajustándome las correas del equipo táctico, Llevaba puesto un traje de incursión en selva de color verde oliva profundo, fabricado con una fibra de aramida que repelía los insectos y regulaba mi temperatura corporal, mis botas de asalto estaban cubiertas de un barro rojizo que ya empezaba a secarse. Sobre mi pecho, el emblema de la Academia —el fénix y la luna— brillaba con un resplandor tenue, una mancha de civilización en medio del caos biológico, mi mano derecha aca
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