Julieta despertó al sentir los dedos de Michael rozarle la espalda. No era una carrera casual. Era posesivo. Lento. Intencionado. El sol apenas despuntaba por la ventana, pero él ya estaba despierto, observándola como si fuera su tesoro más valioso.
—No te muevas —ordena en voz baja, con ese tono grave que siempre le erizaba la piel.
Ella obedeció sin pensar. No por miedo, sino porque su cuerpo ya había aprendido a responderle. Michael era así: exigente, protector, envolvente. Y ahora ella no s