El día del parto llegó de improviso.
Julieta estaba acomodando ropa de bebé en una cómoda recién instalada cuando sintió una punzada aguda en el vientre.
—Oh, no... —jadeó, apoyándose contra la pared.
Otra contracción, más fuerte.
El pánico la envolvió. ¿Y si el bebé venía demasiado rápido? ¿Y si estaba en peligro?
Temblando, tomó su celular. Llamó a su madre: buzón de voz. Llamó a su padre: nada.
Y Valentina estaba en el colegio.
—¡Mar maldita! —gritó, con lágrimas en los ojos.
Entonces