A cientos de kilómetros de allí, en el rancho Falcone de Texas, la tensión era tan palpable que ni el aire acondicionado podía enfriar el ambiente.
El despacho de Mike Falcone olía a madera vieja, a cuero y a poder acumulado durante generaciones. Las paredes estaban cubiertas de fotos de cacería, diplomas, retratos familiares enmarcados en oro. El reloj antiguo de péndulo marcaba los segundos con un eco grave, como si acompañara cada latido de la tensión que allí se vivía.
Michael caminaba de