El regreso al apartamento fue como descender a una fosa común de expectativas muertas. Julián no estaba gritando cuando Valeria cruzó el umbral; estaba sentado en el sofá de cuero blanco, con una copa de coñac en la mano y la luz del salón atenuada al mínimo. El silencio no era de paz, era el silencio de un depredador que ha estado cronometrando cada segundo de la ausencia de su presa.
—Nueve horas, Valeria —dijo él, su voz era un hilo de seda que amenazaba con asfixiar—. Nueve horas en las que