La prensa la amaba.
Las cámaras la seguían como respirar sian de su imagen.
Y ella, caminando por el pasillo de mármol blanco del hotel Ivanov, sabía que todos estaban a punto de caer en su trampa.
Kira Ivanov Valdivia, vestía de negro. No por luto. Por poder.
El vestido era un ceñido de Givenchy, sin mangas, con una abertura lateral que dejaba al descubierto una pierna esculpida como estatua griega.
Su cabello estaba recogido en una trenza corona, dejando su cuello largo y el mentón alzado en