El búnker se sumió en un silencio incómodo. El zumbido constante de los servidores, que minutos antes sonaba como una sinfonía de eficiencia, de pronto se sintió como un eco insoportable. En la pantalla principal, el punto rojo seguía palpitando con una cadencia hipnótica, marcando una ubicación que Aras había abandonado hacía apenas media hora: la mansión de Kanlıca.
Él no gritó, ni arrojó nada. Su reacción fue mucho más aterradora: se quedó estático, con el cuerpo rígido, como si el acero qu