Para un hombre como Aras, cometer errores era imperdonable. Pero que el error lo hubiera cometido él mismo, era algo inaceptable y humillante.
En la pantalla de su tablet, la voz de su tío Ishak se repetía una y otra vez. Era el tío que lo había visto crecer, aquel que había estado más presente que su propio padre y a quien Aras había permitido sentarse de nuevo a su mesa, ignorando la advertencia del exilio impuesto por su padre años atrás. La traición habría sido más fácil de digerir si hu