El amanecer sobre el Bósforo no trajo paz a la mansión de Kanlica; solo iluminó la desolación. Dentro, el aire estaba viciado por una mezcla de humo de cigarrillo, restos de café amargo y té frío. No era una casa, sino una sala de espera donde el tiempo se había detenido hacía veinte horas.
Cuando el rugido de los motores finalmente se escuchó en el patio, el murmullo de la sala principal cesó de golpe. Los tíos —Ishak, Orhan, Demir— se pusieron en pie al unísono, sus rostros marcados por l