—No, Ahmet Bey —interrumpió Aras de inmediato, con una firmeza que heló la habitación—. Se equivoca. No se trata de un matrimonio arreglado, ni de una transacción con los Karaman. Esto no es un negocio. Es mi decisión personal. Una elección de vida.
La sonrisa del anciano se desvaneció. El silencio que se produjo fue tan denso que se podía escuchar la respiraciónde todos. Saliha Hanım dejó caer las cuentas de su rosario (tesbih) sobre la mesa.
—¿Entonces… quién? —preguntó la madre de Ley