El murmullo de la mañana en los muelles del Mar de Mármara era un eco constante de cadenas pesadas, grúas portuarias y el romper del agua contra los cascos de acero. Aras Köksal permanecía de pie en la zona de supervisión técnica, con las mangas de la camisa blanca finamente enrolladas hasta los antebrazos y la mirada fija en el horizonte grisáceo. Los ingenieros del holding terminaban de desplegar los planos logísticos sobre una mesa metálica, pero la mente del patriarca no estaba allí.
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