El segundero del reloj de pie en el gran salón de la mansión Köksal avanzaba con una rigidez que martilleaba los nervios de Fatma Hanım. Eran pasadas las ocho y media de la noche. La cena que se había dispuesto en la mansión estaba fría, y los sirvientes permanecían estáticos en las esquinas, conteniendo el aliento. En la alta sociedad de Estambul, que el patriarca de una dinastía no llegara ni avisara era un evento inaudito.
Fatma caminaba de un lado a otro sobre la alfombra de seda, estr