—Ni un paso más —advirtió Ishak, su voz resonando con una mezcla de adrenalina y desprecio. El cañón de su arma seguía firme contra la sien de Emre—. Podemos resolver esto como hombres civilizados, Aras. Sin que nadie salga lastimado.
Aras se detuvo en seco, sin bajar la guardia.
—Ya hay personas lastimadas, Ishak —respondió Aras, con una calma que hizo que el aire en la habitación pesara como plomo.
Ishak soltó una carcajada burlona, un sonido seco que carecía de cualquier rastro de