Diego Von Seidl
—¿Diego? ¿Me escuchas? —la voz de Verónica me devolvió a la realidad. Estaba frente a mí, radiante—. Te decía que he reservado en ese lugar de Graben para celebrar que por fin... bueno, que ya todo ha pasado.
Le sonreí, pero mi mano, por puro hábito, buscó el lugar donde Melani solía dejar el informe del lunes. No había nada. Solo el escritorio limpio, que olía a flores caras pero no a estrategia.
—Claro, Vero. Celebraremos —respondí, aunque sentía una extraña presión